El hombre se ha visto siempre obligado a trasladarse para satisfacer sus propias necesidades más elementales: conseguir alimento y defenderse de los predadores y de los peligros naturales.
Las primeras actividades que emprendió para garantizar su propia subsistencia y la de sus hijos fueron la recolección de alimentos y la caza de animales salvajes. Para dedicarse a ellas había de encontrar lugares donde abundaran las especies vegetales y la caza, en los que establecer su morada; al cabo de un tiempo, tras haberlos explotado suficientemente, estos emplazamientos se abandonaban para buscar otros nuevos y más ricos. Dado que el hombre poseía por entonces poquísimos objetos personales y no había de acarrear consigo prácticamente nada, las piernas le bastaban como medio de transporte.
Cuando los hombres dejaron de ser cazadores para convertirse en agricultores y ganaderos, se planteó el problema de transportar y almacenar el producto de las cosechas, así como el pienso necesario para alimentar a los animales, ahora ya domesticados.
Además, la construcción de diversos tipos de edificios como casas, almacenes, lugares de culto... hizo necesario el transporte de materiales que, a menudo, se encontraban lejos de los lugares donde era necesario utilizarlos.
El hombre empezó así a construir medios de transporte, rudimentarios al principio y luego más perfeccionados, que transformaron radicalmente su estilo de vida.
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